
He aquí mi primera aportación a esta especie de diario colectivo y virtual que es Mininos Pardos. Bárbara me ha animado para que escriba unas líneas sobre mi experiencia durante el Camino de Santiago. En realidad, después de haberlo terminado sentía la necesidad de plasmar de alguna manera lo vivido, para evitar que el tiempo se llevara esas sensaciones e imágenes que me han acompañado durante los 250 kilómetros del Camino. Aquí os dejo sólo una parte de lo que fueron esos días.

Como disponíamos de pocos días para hacerlo, dudamos durante bastante tiempo de si debíamos empezarlo en Francia, saliendo desde Le Puy en Vélay y recorriendo só
lo una parte del itinerario, o en España, para terminarlo en Santiago. Al final, optamos por esta última posibilidad y decidimos comenzarlo en Luarca, Asturias, y seguir el Camino del Norte. Los dos primeros días fueron un poco duros, porque a pesar de que Philippe y yo hacemos bastante deporte, no solemos hacer senderismo y mucho menos con diez kilos de peso a las espaldas. Así que, como yo temía, los dolores de hombros y de trapecio aparecieron al cabo de poco tiempo. Sin embargo, la belleza de los paisajes y la sinuosidad de los caminos me hicieron olvidar todas esas molestias y comencé a acostumbrarme a ese andar sin prisas. A pesar de que la meta de todo peregrino es llegar al lugar santo, yo tenía la impresión de caminar sin meta, como si el único objetivo de mi vida fuera recorrer esos senderos y deleitarme descubriendo la naturaleza y hablando con gente que nunca volveré a ver.Los kilómetros más duros, a causa del desnivel, fueron los que separan Ribadeo y Abadín. Esos cerca de 60 kilómetros se pueden dividir en dos etapas, pero el problema es que en Abadín no hay albergue. Nosotros quisimos ha
cer Ribadeo-Vilanova de Lorenzá –Abadín, pero al llegar a este pueblo, vimos el estado del gimnasio y salimos despavoridos dirección Villalba. Eran las seis de la tarde y ya llevábamos unos 26 kilómetros (cuesta arriba) andados, así que después de diez kilómetros más arrastrando los pies, nos tuvimos que hacer a la idea de que esa noche tocaba dormir bajo las estrellas. Y así lo hicimos. Encontramos un lugar encantador, cerca de un puente medieval, y nos instalamos bajo un árbol, resguardándonos como pudimos de las miradas ajenas. Pusimos un poncho de pescador en el suelo, luego nuestros sacos de dormir y, para protegernos de la humedad del rocío, nos cubrimos con el otro poncho que teníamos. Fue la mejor noche que pasé durante el Camino y estaba tan cansada que dormí profundamente desde el anochecer hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Yo, que salto del susto en cuanto oigo crujir la madera en mi casa, ni siquiera me paré a pensar en la Santa Compaña, en las meigas ni en todas esas historias reales o imaginarias que le atormentan a uno cuando menos lo necesita. Las etapas siguientes fueron bastante más fáciles y también nos depararon sorpresas agradables. En Baamonde, donde el albergue es muy acogedor, cenamos en el restaurante Galicia, del entrañable poeta Xoán Corral Castro. Es un lugar peculiar, en el que se cena al calor del hogar, y cuya decoración recuerda a los interiores de las casas tradicionales gallegas. Si algún día hacéis el camino, sería una lástima que no os pararais allí, no sólo por su calidad gastronómica o por su ambiente acogedor, sino porque Xoán Corral es todo un personaje y reserva un trato exquisito a los peregrinos. Desde el principio nos sentimos arropados por el cariño inmenso de Xoán y eso, después de una dura jornada y de horas de marcha bajo la lluvia, fue nuestra mejor recompensa y nuestro verdadero descanso.
Recuerdo también con cariño a los voluntarios del albergue de Miraz, que de manera altruista se ocuparon de nosotros desde que llamamos a su puerta. No es un albergue como los otros, aquí siempre hay dos hospitaleros de la asociación inglesa Confraternity of St. James y al menos uno de los dos ya ha hecho el Camino. Lleg
amos a las tres y media y nos prepararon algo de comer y después, como no había gas para el agua caliente, fueron por una bombona para que puediéramos ducharnos. Estuvimos hablando hasta la hora de la cena y Alice, de la que sólo sé que era profesora de idiomas, nos impartió toda una clase de historia del Camino de Santiago. Lo que fue fantástico es que nos encontrábamos allí cuatro desconocidos, cada uno de un país distinto, hablando en el mismo idioma sobre cosas de la vida. Pusimos el mundo patas arriba y patas abajo, lo hicimos y lo deshicimos y nos dimos cuenta de que, en el fondo, comprenderse no cuesta tanto. Al día siguiente nos prepararon el desayuno y después nos acompañaron durante unos dos o tres kilómetros hasta un lugar en el que otros peregrinos ya se habían equivocado de camino. En Miraz, sin duda alguna, encontramos el mejor albergue de todos en los que estuvimos.
En Arzúa, el Camino del Norte se juntó con el Francés y allí, como podéis imaginar, el ambiente intimista desapareció para dejar paso a algo muy divertido, pero que nada tenía que ver con lo que habíamos vivido los días anteriores. La primera noche cenamos con siete personas de horizontes completamente distintos y cada cual chapurreaba un poco en los idiomas de los otros para poder comprenderse. Algunos peregrinos venían de León, otros habían salido un mes antes de sus casas para emprender el camino en los Pirineos, otros llegaban al final de un largo recorrido que había comenzado en Le Puy en Vélay, a más de 1500 kilómetros de distancia.Al día siguiente nos separamos, pero nos volvimos a encontrar en Santiago, donde, al parecer, todos los peregrinos que se pierden de vista terminan por encontrarse de nuevo. Llegué a Compostela cuando la ciudad se despertaba y, aunque estaba contenta de haber alcanzado mi meta, tenía la impresión de haber dejado a mis espaldas tantas personas, tantas anécdotas y tantas imágenes, que hasta sentí un poco de tristeza de haber terminado esa « historia » maravillosa. Me sentí como cuando uno termina un libro bellísimo y emocionante y comprende que ya no volverá a vivir en ese mundo, ni volverá a compartir los sentimientos ni las aventuras de sus personajes. No hay un único Camino ni una sola manera de vivirlo, por eso creo que algún día tomaré de nuevo uno de esos "libros" que llevan al peregrino hasta Santiago.

4 comentarios:
¡Qué recuerdos! qué igual y qué distinto un mismo camino... al fin y al cabo el camino de Santiago es como la vida, a cada uno le acontecen diferentes vicisitudes, aventuras, sentimientos...
Y qué razón tienes Ariadna, según te vas aproximando a Santiago, tu meta, tienes menos ganas de llegar, te vas haciendo el remolón para llegar un día después y poder disfrutar un poquito más de ese caminar sin prisa, como bien dices. Y es que llegar es alegría, pero también tristeza, porque dejas atrás muchas cosas.
¡¡Qué pena que el camino acabe!! Te lo intentas llevar a tu vida diaria, pero es tan difícil...
¡Qué envidia de blog! Todo el mundo viaja... Parecéis Willie Fogg.
Yo, este verano, también pasaré por Galicia.
Sergio, disfrutala bien, que merece la pena. Por cierto, ¿vas a pasarte por ella andando o en coche? te recomiendo hacer un trocito del Camino de Santiago, te sorprenderá lo que puede llegar a ser.
Menuda morriña que me entró leyendo este post. Se acerca el momento de vivir un nuevo Camino de Santigo... otra "mini vida"...
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